¿Por qué toleramos la corrupción?

Al parecer, nos gusta la corrupción o, cuando menos, no nos incomoda mucho. Vivimos con ella a diario, decimos que la padecemos, pero en muchas ocasiones la justificamos –particularmente si nos ahorra tiempo o trámites. Es como el aire, intangible, a veces contaminado, pero nos permite seguir con nuestras vidas. Así, al parecer, somos los mexicanos y nadie puede aventar la primera piedra.


 

En todas partes

Una breve revisión de notas aparecidas en medios informativos, nos dará una idea de la magnitud del fenómeno. No hay día en que no se dé a conocer un desvío de fondos, la investigación contra algún funcionario o exfuncionario, los lujos de algún líder sindical o gobernante –sin que su salario lo justifique–, el uso indebido de recursos públicos, pagos no autorizados para otorgar una obra, el nombramiento de alguien en un cargo por “amiguismo”, no por capacidad y, un etcétera que nos debería preocupar y no acostumbrar.

El ámbito gubernamental parece ser el más afectado por estas prácticas, pero también en la iniciativa privada se han dado casos. El más reciente tiene que ver con la empresa Oceanografía y uno se los bancos más grandes del país.

Incluso en instituciones religiosas se han hecho denuncias y no hablemos de pederastía.

Lo sorprendente es la falta de pruebas, pues sería lógico asumir que con cada denuncia éstas se presentarán, pero no es así, como ha sucedido con Cuauhtémoc Gutiérrez de la Torre o Luis Alberto Villareal, ambos denunciados, pero sin los elementos que confirmen la acusación.

Cuando las pruebas se presentan, ocurre poco, basta recordar a René Bejarano y las imágenes en las que se embolsó fajos de billetes, un breve paso por la cárcel y a seguir con su proyecto político, como sus recientes apariciones en columnas políticas lo atestiguan.

Por cierto, ¿qué ha sido de Gustavo Ponce, tesorero de López Obrador, que fue visto jugando en Las Vegas?

 

En la partidocracia

En el caso de nuestros partidos políticos, el tema no ofrece muchas esperanzas.

La escena se ha repetido en muchas ocasiones, particularmente cuando los de un bando acusan a los del otro. En principio, la denuncia se hace pública; tiempo aire, bits y tinta corren a raudales para comentar, condenar y exponer; pero llega a la dirigencia del partido en cuestión y la primera declaración no es para sorprender: “no se han presentado pruebas” se dice, en un intento por acallar las críticas y recordarnos que estamos en el país del “no pasa nada”.

Pero lo interesante del asunto es que nadie pregunta la razón por la cual un partido político no puede, o no quiere, iniciar por su cuenta una investigación que ofrezca resultados. En los pocos casos que se ha tomado tal decisión –como es el caso del escándalo relacionado con los casinos y el involucramiento de militantes del PAN–, se creó una comisión que no llegó a nada, pues algunos de los señalados se negaron a rendir información, legalmente no estaban obligados y háganle como quieran.

En otras ocasiones, tras la denuncia, se cierran filas en torno del acusado. Líderes y compañeros de travesía política acuden presurosos y, con singular alegría, testifican sobre la honestidad del inculpado. La palabra “complicidad” revolotea nuestras mentes.

Así estamos, hasta que el próximo escándalo sustituya al que se estaba debatiendo y todo cambia para seguir igual.

 

Las mujeres son de Venus, los hombres de Marte, ¿y los corruptos?

Lo anterior nos debe llevar a preguntarnos, ¿de dónde vienen los corruptos?

Una respuesta apuntaría a las condiciones que rodean y a los incentivos que se tienen para meter la mano en las arcas en una sociedad tan desigual como la nuestra. A muchos les gustan los privilegios, en su mayor parte indebidos, asociados al cargo. Si se tiene la posibilidad de ser quien define a quién hay que contratar o se cuenta con un presupuesto para gastos de representación, ¿por qué no beneficiar a la familia, institución tan importante para los mexicanos?

Si para desempeñar mejor mi trabajo, la empresa o el gobierno me pagan el servicio de telefonía celular, ¿por qué sufrir con un aparato con menores prestaciones a los smartphones más modernos, sean de una marca coreana o con una manzanita de logotipo, y así servir mejor a la patria?

Si quienes revisan las cuentas son cuates, ¿por qué no apoyar a algunos desempleados, particularmente si son nuestros amigos, compadres o familiares? Total, así somos los mexicanos.

De esta forma, entre justificaciones y pretextos, la corrupción sigue ocultando el hecho de que todo tiene un principio y, en este caso, esta práctica surge de cada uno de nosotros, pues el político, el funcionario o líder acusados de corrupción, hace no mucho eran alguien como usted y yo, es más, se sentaban junto a nuestro lector al momento en que leía una revista como la que ahora tiene en sus manos. Si voltea la cabeza a su alrededor, puede preguntar quién de su entorno estará siendo señalado por corrupción en pocos años si no hacemos algo antes, si no nos parecieran tan simpáticos, que hasta nuestro voto le hemos dado.

(Publicado en la revista Indicador Político el 26 de mayo de 2014)

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