¿Por qué una revista doctrinaria e ideológica?

Revista Palabra

Revista Palabra

En septiembre de 1987, la revista Palabra ofreció a los lectores sus primeras páginas bajo la batuta de Carlos Castillo Peraza, quien además de ser su director fundador, delineó la idea que vería la luz a través de la tinta y el papel cada trimestre como un complemento de la labor informativa que desde 1941 realiza La Nación, revista fundada por Carlos Septién García. Así, la idea se centró en “una tarea de divulgación doctrinal y de elaboración ideológica más especializada” en la ruta política del Partido Acción Nacional.

Si bien la revista surgió a finales de 1987 como respuesta a la obligatoriedad que el marco legal imponía a los partidos políticos para publicar una revista de carácter ideológico, Castillo Peraza vio la oportunidad de que Acción Nacional contará con un medio para no sólo difundir su doctrina, sino para establecer diálogo y debate en torno a este tema en el que se funda la brega de eternidad.


 

Obligación a publicar

Desde la Reforma Política de 1977, la normatividad electoral ha fijado como obligación de los partidos la de “editar una publicación periódica de divulgación mensual y otra de carácter teórico, trimestral” (Ley Federal de Organizaciones Políticas y Procedimientos Electorales de diciembre de 1977, artículo 42, fracción V), siendo esta obligación parte del diseño institucional que la norma fijaba para los institutos políticos, pues la misma marcaba que dichos órganos debían “promover la formación ideológica de sus militantes” (artículo 20, fracción II).

Las sucesivas reformas hasta nuestros días, han mantenido tal característica de nuestro sistema de partidos, aunque no se detalla en que consiste una publicación de carácter teórico que contribuya a la formación ideológica de sus militantes, mucho menos que sucede si no se cumple con dicha obligatoriedad.

En la edición comentada que el Instituto Federal Electoral hace del Código Federal de Instituciones y Procedimientos Electorales, respecto a la obligatoriedad que mencionamos, encontramos que “al respecto, cabe considerar que de conformidad con la Constitución, la responsabilidad de los partidos no se agota en la participación periódica en las consultas electorales, sino que además les corresponde desempeñar en forma permanente una función educativa que haga posible el desarrollo político del pueblo. Por lo tanto, resulta de vital importancia que los partidos políticos amplíen y refuercen sus programas de educación, información y desarrollo político.

“Por ello es importante que cumplan con su obligación de sostener un centro de formación política, la de editar una publicación mensual de divulgación, otra de carácter teórico trimestral y la de difundir en radio y televisión sus plataformas electorales”.
Lo anterior, en franco reconocimiento a que los partidos también deben ser escuelas de ciudadanía, como plantearan los fundadores del PAN en 1939.

 

Ideología y doctrina

Ya con ese piso que la norma estableció, y que conlleva prerrogativas para cumplirla, vino una observación que Castillo Peraza realizó al crear la revista. En su conferencia a comunicadores de gobiernos de Acción Nacional dictada el 25 de abril de 1993 –y que se puede leer integra en esta edición–, la explicó claramente:

“Para nosotros ¿qué es ideología? Es un escalón debajo de doctrina. Lo doctrinal en el PAN, lo estrictamente doctrinal es aquello que es punto de referencia fijo. Lo ideológico es lo que se sigue de lo doctrinal para dar una respuesta a un problema práctico. Vamos a poner un ejemplo. Yo digo que es principio de doctrina del PAN que el hombre está hecho de materia y de espíritu, de inteligencia, de voluntad, de libertad, de cuerpo y que, dadas estas notas, dadas estas características, el ser humano es lo más digno que hay en el mundo. Y digo, es un principio de doctrina del PAN la eminente dignidad de la persona humana. Esa es una afirmación de tipo doctrinal. Eso no pertenece a la ideología del PAN, pertenece a su doctrina. ¿Qué pertenecería a la ideología del PAN en esta materia? A la ideología del PAN pertenecería decir, “como el hombre es un ser material y espiritual dotado de inteligencia, voluntad, libertad, socialidad y cuerpo, en la plataforma política del PAN hay que poner que debe haber mercados limpios”. Esa es una afirmación ideológica o programática”.

Sabiendo que eso podría generar una polémica –que vemos aún hoy, puesto que muchos militantes se limitan a afirmar que la ideología del PAN esto o lo otro–, Castillo afinó el concepto para señalar:

“Pero la afirmación ideológica es de un segundo nivel; no es igual tener una ideología que tener una doctrina. Uno puede tener ideología sin tener doctrina y hacer una serie de afirmaciones constantes de segundo nivel sin referencia a un nivel más alto, superior de pensamiento. Y al revés, uno puede tener doctrina sin tener ideología y quedarse en las afirmaciones universales teóricas sin pasar a afirmaciones más concretas y de programa.

Esto, sin duda, influyó decisivamente en el desarrollo que le revista ha tenido. Por esto, el propio Carlos Castillo aseguró que “nos suele suceder en el PAN, sobre todo cuando gobernamos, que convertimos las discusiones ideológicas y hasta de programa en discusiones doctrinales y al hacer eso convertimos a veces discusiones de aritmética en debates casi teológicos”.
Así, la forma en que el creador de la revista encontró para que la publicación no se quedara en la parte doctrinaria, fue incluir secciones que promovieran el debate y el intercambio, pues el propio título de la revista aludía a las posibilidades de “reflexión y de diálogo” que se pueden leer en el primer número de la revista.

 

¿Leemos la doctrina?

Como todo lo teórico, la doctrina y la ideología, las ideas en fin, se mueven en un terreno poco visitado. Consideremos que las revistas de corte literario, si bien les va, mantienen tirajes de cerca de 50 mil ejemplares mensuales, 100 mil si les va muy bien, plagadas de anuncios porque en nuestro país es difícil vivir de los lectores. En cambio, las que retratan todo el mundo del espectáculo, con exclusivas de divorcios o fotos comprometedoras que dicen poco, mantienen tirajes de más de un millón de ejemplares a la semana. La difícil comparación entre lo accesorio y lo importante en un país de pocos lectores.

Si llevamos este tema al terreno de los partidos políticos, entonces se verá la competencia entre el mensaje urgente, la necesidad de buscar el voto o la respuesta que busca ser inmediata en el contexto mediático actual por sobre la reflexión para encontrar las verdaderas respuestas. Esto se complica cuando hablamos de la competencia entre papel e Internet.

Editar una revista doctrinaria es tratar de cazar un mosquito con los ojos vendados y un oído tapado. Hay pocos colaboradores que les guste escribir de este tema, pocos que deseen hacer una reflexión serena de algún tema que trascienda la coyuntura, pero muchas exigencias por lo presupuestal o para contribuir a tal o cual campaña. Además, por sus propias características, una revista doctrinal o ideológica, o ambas cosas, tiene un público reducido, aún más en la medida que lo pragmático gana terreno. El largo plazo se reduce a un trienio.

Recuerdo que en pláticas con Federico Ling Altamirano –un texto suyo sobre la revista puede leerse también en esta edición–, la pregunta recurrente era “¿qué vamos a hacer ahora?”, como una muestra de que constantemente se tenía que partir de cero. Con Tomás Trueba, a veces hemos formulado el mismo cuestionamiento. Y no ha sido falta de voluntad, sino que la discusión ideológica, en nuestro país, se piensa que es materia de filósofos o simplemente no nos interesa.

Así, con poco reconocimiento –como el que han tenido otros órganos partidistas, como es el caso de la revista La Nación–, la edición de cada número se enfrenta a la inquietud de conocer la reacción que tendrá entre los lectores. Personajes como Roger Bartra nos animan con sus observaciones que publican en sus artículos, lo cual agradecemos infinitamente.

Pero seguimos sin conocer la opinión de los panistas de a pie, los que deben mantener a flote este barco desde el espacio que les toca cubrir.

Y es que ante todo, una revista no se hace para presumir un nombre en el directorio, sino para difundir ideas y que éstas provoquen algo en los demás. Una revista de carácter teórico se convierte así, en un reto para generar reacciones, cambios de actitudes, sembrar algo que germinará en un futuro cercano. En el PAN se presume mucho de su doctrina, pero se le dedica poco tiempo a su reflexión.

 

Lo ideal y lo práctico

Para Castillo Peraza, la revista Palabra de Acción Nacional no debía ser simplemente un medio que difundiera las ideas del Partido –un error muy común en estos terrenos–, sino convertirse en una arena que reflejara la parte del mosaico que le tocaba jugar al PAN en este país y su interacción con el resto de las partes. Por eso la invitación constante a quienes estaban inconformes o molestos con un texto a que respondieran con otro, para que hubiera más colaboradores, para que más plumas externas compartieran con nosotros “cómo nos ven”, para que se discutiera tal parte de los principios de doctrina.

La revista no se concibió como un conjunto de hojas de papel que podían ser leídas en la comodidad de una silla, sino como un espacio para el debate, el diálogo y la construcción de ideas en torno a la doctrina de Acción Nacional.

La propia doctrina se mantiene viva en la medida que el militante la haga propia, que se discuta y se contraste con la realidad. Una publicación que promueva esas actividades debe ser considerada como una fuente de ingresos en un terreno que si bien no es fiscalizable, si brinda una ganancia permanente a cualquier institución, pues contar con integrantes convencidos que contribuyen a alcanzar el bien común a través de políticas públicas o su propio desempeño en la arena política. Es lo que hace distinguible a un partido de su competencia, aspecto que no debemos olvidar.

 

(Publicado en la edición 100 de la revista Palabra, abril-junio de 2014)

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